Arquitectura y Diseño entrevista a Slow Studio sobre neuroarquitectura

La revista Arquitectura y Diseño dedica en su número de septiembre de 2026 un reportaje a la neuroarquitectura, una disciplina que estudia cómo los espacios que habitamos influyen en nuestro sistema nervioso, nuestras emociones y nuestro comportamiento. El artículo, titulado Emoción asegurada, recoge la visión de diferentes profesionales, entre ellos Víctor Vergés y Jade Serra, de Slow Studio.
A lo largo del reportaje reflexionamos sobre la relación entre arquitectura, sostenibilidad y bienestar, y sobre cómo muchos de los principios que hoy asociamos a la neuroarquitectura ya estaban presentes de forma intuitiva en la arquitectura tradicional: la luz natural, la ventilación cruzada, la relación con el paisaje, los materiales naturales o los espacios adaptados al clima y a la escala humana.
También abordamos algunas de las estrategias que permiten diseñar espacios pensando en el bienestar físico, emocional y cognitivo de las personas, desde la calidad del aire y el confort higrotérmico hasta la iluminación, la acústica, los recorridos o la conexión con la naturaleza.
Otro de los temas tratados es la posibilidad de medir los efectos de la arquitectura sobre las personas. Aunque cada vez existen más indicadores que permiten relacionar determinadas decisiones de diseño con el estrés, el descanso o la capacidad de concentración, desde Slow Studio defendemos que debemos ser prudentes: la experiencia de un espacio sigue estando condicionada por factores personales, sociales y culturales.
Finalmente, reflexionamos sobre la posibilidad de certificar la neuroarquitectura. Más que crear un nuevo sello, creemos que el reto puede estar en ampliar los sistemas existentes para integrar mejor los conocimientos procedentes de la neurociencia. El objetivo no debería ser obtener una certificación, sino diseñar espacios capaces de mejorar la vida de las personas.
El reportaje incluye además nuestra Casa en Serra d’Ordal, presentada como un ejemplo de integración entre vivienda, entorno, vida y trabajo.
Queremos agradecer a Arquitectura y Diseño que haya contado con Slow Studio para este reportaje y la oportunidad de compartir nuestra manera de entender una arquitectura que sitúa el bienestar de las personas en el centro.
Para profundizar en este tema, podéis consultar nuestro artículo ¿Qué es la neuroarquitectura?, donde explicamos sus orígenes, fundamentos y principales estrategias aplicadas a la arquitectura.

A continuación, compartimos las preguntas y respuestas completas de la entrevista.
1. Muchos arquitectos afirman que las construcciones vernáculas siempre han sido sostenibles por naturaleza, y que hablar de sostenibilidad como una “capa” de valor añadido en la arquitectura de hoy no deja de ser un reconocimiento de cómo la forma de construir actual se ha alejado de la sensatez de la arquitectura tradicional. ¿Se podría decir lo mismo de la neuroarquitectura? ¿Que se trata de un argumento que en realidad no hace más que convertir en argumento de venta algo que debería darse por supuesto en los edificios bien construidos?
En cierta medida, sí. Del mismo modo que la sostenibilidad no debería entenderse como un añadido, sino como una condición inherente a cualquier arquitectura responsable, la neuroarquitectura tampoco debería considerarse una capa superpuesta al proyecto.
La arquitectura tradicional, especialmente la vernácula, ya incorporaba de forma intuitiva muchos de los principios que hoy asociamos tanto a la sostenibilidad como a la neuroarquitectura: aprovechamiento de la luz natural, ventilación cruzada, relación con el paisaje, uso de materiales naturales, espacios adaptados al clima local o proporciones acordes a la escala humana. No existía una explicación científica de sus beneficios, pero sí una comprensión empírica acumulada durante generaciones.
También había una relación más directa, natural, con el entorno. La arquitectura nacía del lugar: de su clima, de su topografía, de sus materiales, de sus recursos y de sus límites. Construir implicaba reconocer una dependencia profunda respecto al paisaje del que se extraían los medios para habitar. Esa conexión y ese respeto innato por el entorno no eran únicamente una cuestión ecológica o constructiva; tenían también una dimensión emocional, psicológica y neuronal. Sentirse parte de un lugar, habitar con continuidad entre interior y exterior y percibir que la casa pertenece al paisaje son experiencias que influyen directamente en nuestra sensación de seguridad, pertenencia y bienestar.
La diferencia es que hoy disponemos de herramientas procedentes de la neurociencia que nos permiten comprender mejor cómo determinados estímulos espaciales afectan a nuestro sistema nervioso, nuestras emociones, nuestra capacidad de concentración o nuestro nivel de estrés. La neuroarquitectura no inventa necesariamente nuevas formas de proyectar; en muchos casos, aporta una base científica que valida intuiciones arquitectónicas que ya estaban presentes en la buena arquitectura.
Por eso, más que un argumento de venta, la neuroarquitectura debería entenderse como un marco de conocimiento que nos ayuda a diseñar espacios más conscientes y a recuperar aspectos que la arquitectura contemporánea, especialmente durante ciertos periodos de industrialización y estandarización, había relegado a un segundo plano.
2. ¿Cuáles son las intervenciones concretas que debe englobar un espacio construido bajo parámetros de neuroarquitectura?
No existe una receta única ni un catálogo cerrado de soluciones, porque la neuroarquitectura no se basa en elementos concretos sino en la comprensión de cómo interactúa el ser humano con el espacio.
Sin embargo, sí podemos identificar una serie de estrategias recurrentes:
- Maximizar la entrada de luz natural y adaptar la iluminación artificial al ritmo circadiano.
- Favorecer la conexión visual y física con la naturaleza mediante jardines, patios, vegetación o vistas al paisaje.
- Diseñar espacios que permitan ventilación natural y una elevada calidad del aire interior.
- Utilizar materiales naturales y saludables, evitando emisiones tóxicas y mejorando el confort sensorial.
- Garantizar un adecuado confort higrotérmico, manteniendo temperatura y humedad dentro de rangos saludables.
- Reducir la contaminación acústica mediante soluciones de aislamiento y absorción sonora.
- Crear espacios con proporciones equilibradas y una escala adecuada al uso previsto.
- Diseñar recorridos intuitivos y fluidos que reduzcan el estrés cognitivo.
- Cuidar la percepción táctil, visual y olfativa de los ambientes.
- Generar sensación de seguridad, orientación y control sobre el entorno.
En definitiva, hablamos de una arquitectura que considera simultáneamente el bienestar físico, emocional y cognitivo de las personas, entendiendo que la experiencia espacial es multisensorial.
3. ¿Son cuantificables los resultados de la aplicación de estos parámetros?
Cada vez más.
Una de las aportaciones más interesantes de la neuroarquitectura es precisamente la posibilidad de relacionar determinadas decisiones de diseño con indicadores medibles. Hoy existen investigaciones que analizan variables como los niveles de estrés, la frecuencia cardíaca, la calidad del sueño, la capacidad de concentración, el rendimiento cognitivo o la recuperación hospitalaria en función de las características del entorno construido.
También es posible medir parámetros ambientales directamente relacionados con el bienestar, como la calidad del aire interior, la iluminación, la humedad relativa, la temperatura o los niveles acústicos.
Ahora bien, conviene ser prudentes. La experiencia humana es compleja y está condicionada por factores culturales, sociales y personales. Por ello, no siempre es posible establecer relaciones causales simples entre un elemento arquitectónico concreto y una respuesta emocional determinada.
La neuroarquitectura avanza precisamente en ese terreno intermedio entre la evidencia científica cuantificable y la experiencia subjetiva de los usuarios.
4. ¿Sería ideal o interesante implementar un sello o certificación que garantizase que un edificio cumple los preceptos de la neuroarquitectura, al igual que sellos como Passivhaus, WELL, LEED, etcétera?
La idea es interesante porque ayudaría a visibilizar la importancia del bienestar en el diseño arquitectónico y permitiría establecer criterios comunes de evaluación.
Sin embargo, también presenta ciertas dificultades. Mientras que certificaciones como Passivhaus evalúan parámetros físicos muy concretos —demanda energética, hermeticidad o calidad constructiva—, la neuroarquitectura incorpora aspectos relacionados con la percepción, las emociones y la experiencia humana, dimensiones mucho más complejas de medir de forma universal.
En cierta medida, certificaciones como WELL ya han comenzado a recorrer este camino incorporando cuestiones relacionadas con la calidad del aire, la iluminación, el confort acústico, el acceso a la naturaleza o la salud de los usuarios.
Quizá el reto no sea crear una certificación completamente nueva, sino seguir ampliando los sistemas existentes para que integren de forma más profunda el conocimiento procedente de la neurociencia.
En cualquier caso, el objetivo final no debería ser obtener un sello, sino diseñar espacios capaces de mejorar la vida de las personas. Si la certificación ayuda a impulsar esa transformación, puede ser una herramienta útil; si se convierte únicamente en una etiqueta comercial, corre el riesgo de perder parte de su sentido.